¿O no?
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[Aviso: esta entrada va a ser larga, incluso para los parámetros habituales del blog]
"Su adhesión al Alzamiento [Unamuno] había comenzado refrendada con un donativo de cinco mil pesetas a la suscripción nacional, como él mismo explicó a La Prensa bonaerense el 15 de agosto. Desde entonces se sucedieron sus constantes testimonios. El 20 de ese mes, en nombre del claustro de la universidad de Salamanca, que como Rector presidía, dirigió un comunicado a todas las del mundo, denunciando "los hechos criminosos llevados a cabo por los marxistas". Opina García Escudero que fueron frecuentes sus relaciones con Franco, a partir del 1 de octubre en que éste fijó su residencia en Salamanca, con manifiesta simpatía del General hacia el rector. Pero se cansó pronto de su actitud uniforme. El día 12, en la Fiesta de la Hispanidad, hizo el desplante solemne de protestar por el abuso del término "anti España", lanzó el desafío de: "Venceréis pero no convenceréis", e insultó a Millán Astray, allí presente, al decir: "España sin contar las Vascongadas y Cataluña seria tan inútil como un cuerpo manco y tuerto", con lo que desataba las furias del general mutilado mal atadas desde los años de la reconquista del territorio de Melilla, cuando el escritor ofendía a sus caballeros legionarios llamándoles indefectiblemente "cortacabezas" y confundiéndoles en sus enumeraciones de la gente del hampa con "mafroditas", ladrones y busconas. Aquel enfrentamiento no era nuevo. Se habían producido otros antes, en días turbulentos del Ateneo madrileño, porque los dos eran ateneístas. Lo explicó así a Gómez Mesías al cabo del tiempo:
“Un día hace años, en el Ateneo dijo de mi que yo era un ladrón; que me había hecho rico con los sacrificios y la sangre de los soldados que peleaban en África. Eso no se perdona.”
El insulto a su gloriosa mutilación provocó el "¡Muera la inteligencia!" de Millan Astray, escandaloso en un templo de ella, grito que Pemán, presente allí también, aclaró diciendo que fue: "¡Mueran los intelectuales!, ¡los falsos intelectuales, traidores!". Pero el general supo lo que decía, porque el término "inteligencia" había adquirido un carácter restrictivo y sectario desde que Unamuno lo hipotecaba para uso exclusivo suyo y los de su línea, rebelde a todo, los intelectuales que rendían a la Inteligenzia un culto casi idolátrico.(...) a cada paso salían de sus artículos y discursos tales invocaciones a la supremacía de la Inteligencia con mayúscula, y tan reiterativa y empalagosa deificación de ella, que bastarían para hacernos pensar que Millán-Astray gritó realmente "¡muera la inteligencia!" y no "¡mueran los intelectuales!", como Pemán rectificaba. Así lo dije por intuición y más tarde leí que el general lo había confirmado en carta a Antonio Paso. El distingo no tenia más importancia que la de una impresión personal, reciente y directa. Lo importante fue que uno u otro ¡muera!, con toda la desgravación metafórica que llevan en si, lo lanzaba un evidente intelectual. Millán Astray dijo lo que quería decir, porque preparaba mucho sus "improvisaciones". Por su parte Unamuno tenia un alma, un talante, una mímica y una furia militares. Pues aunque disfrutase gritando ¡viva la vida! y ¡muera la muerte!, cubría con sus gritos la agonía cristiana y el sentimiento trágico que pedían una elevación de su sentida mística y que tenían en el teresiano "muero porque no muero" la emoción hermana del grito legionario. Unamuno, que zahería a Ortega escribiéndole cultura con k. empalagaba tanto por su endiosada Inteligencia, pensada con mayúscula, hipotecándola, incesándosela en cada página, que no es extraño que provocase ansias gástricas a Millán-Astray, intelectual de acción al modo de Maeztu, uno de "Los Tres" fundadores del noventayochismo literario.”
José María Gárate Córdoba, Los intelectuales y la milicia, 1983 Servicio de publ. del E.M.E. (Estado mayor del Ejército)
Dejemos aparte la (discutible) validez del texto como material historiográfico y centrémonos en la figura que presenta de Unamuno: su “alma y furia” militares, el recurso “empalagoso” a la “ Inteligencia”. En parecida línea, Fernando Díaz Plaja lo definió “no como el más Soberbio de los españoles, pero sí el único que encontró razones intelectuales para explicar esta Soberbia”. Yo soy solamente un lector ocasional de Unamuno, incluso admiro más su figura pública que su obra literaria – quizás marcado por la narración del Incidente de Salamanca – pero creo que ni Gárate ni Díaz Plaja aciertan en sus apreciaciones - el primero manipulando, el segundo de buena fe - o, al menos, no del todo.
Hay algo en Unamuno que descoloca, que incita a pensar incluso para oponerse a él. Es el que apoya el Golpe de Estado, pero también el de “¡Que inventen ellos!”, la peor cita por la que puede ser recordado un pensador.
“Sin embargo creo, y por eso me interesó tanto este personaje, que lo más importante de Don Miguel es su actitud vital. Su postura frente a esto y aquello. Su enfrentamiento por igual ante la Dictadura, como a la República de Azaña o al separatismo de Sabino Arana. Su precisión regionalista y profundamente académica, poniendo freno a los ataques irracionales del general Millán Astray.
Quisiera destacar también el uso que hace de la ironía, la paradoja y su escepticismo ante la política. Jamás quiso se le encasillara en partido alguno. Frente a los conservadores de todos los tiempos y signos, y frente a los revolucionarios, proclama la necesidad de la ideas. Sus propios admiradores se desencantaban cada vez que Don Miguel, en un rapto de sinceridad, se mostraba inconsecuente con los movimientos que el mismo capitaneaba. Ante las críticas, respondía que era una tontería encasillarle; que él era único, tomaba por sí mismo todas sus decisiones y a veces no por unanimidad. Hay una anécdota que retrata su actitud ante la política: cierto día se presentó con un emblema de un gallo colocado en la solapa. ¿Qué significa? le preguntaron los periodistas. Acabo de fundar un nuevo partido político y soy el único miembro. Seguramente mañana me daré de baja.”
J. Lorenzo García, Unamuno: el inconformista solitario.
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Inconsecuente o propietario - y único entendedor - de un sistema filosófico donde los arrebatos místicos, quijotescos, son compatibles con el “Cultura, cultura y más cultura es lo que necesita este pueblo español”
“[...] Un legado que se mueve hoy día en el limbo junto a tantas otras, sino con la sensación de que sus gestos, aquello que hizo toda su vida en la plaza pública como intelectual, son ahora malinterpretados o, lo que es peor, sujetos a una indeferencia producto de una incomprensión como sólo se da en un cambio radical de sensibilidad social. Unamuno perteneció a la época de los magister, de los padres que escalaban puestos hasta llegar al Olimpo de la sabiduría, estaba imbuido de la idea de la transmisión del conocimiento y, por ende, de la sabiduría. Estaba, también, convencido de que uno, como individuo, era libre y, por lo tanto, sujeto a una conciencia de la que no debería apartarse un ápice aun en los momentos más difíciles de la vida […]
[…] Todo esto sirve como ejemplo de la actitud intachable de lo que debe ser un intelectual, es más, de lo que debería ser un ciudadano si nos quisiéramos como tales, pero una sombra, al modo de un presentimiento hábil de certeza, cubre todo esto. A los setenta y cinco años de su muerte, me temo, el legado de su ejemplo es un gesto incomprensible, un gesto que refleja a un hombre plagado de contradicciones y con un modo de comportarse poco realista, ajeno a lo que de verdad acontecía en ese momento. Hay ya una quiebra de la sensibilidad y Unamuno, una vez más, por ahora, está del otro lado de la barrera, la de la incomprensión real de su gesto. Estamos en la era de los cínicos y combatir en esta era supone el empleo de nuevas armas. La melancolía se impone porque sabemos, hombres de ahora, que Franco era un cínico en un mundo inmerso ya en ese estado de ánimo, mientras que Unamuno pertenecía a otra generación, la del regeneracionismo del 98, que aún bebía de los fantasmas románticos.
Unamuno era un magister, un pater. ¿Qué pueden sentir ahora, los que se mueven como fratría indiferenciada, ante los gestos del padre, rectos, impecables, muchas veces equivocados pero siempre irreductibles? […]”
Juan Angel Juristo, Unamuno, el intelectual incomprensible.
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Dejémoslo aquí, no sin antes recordar una versión más parecida a la que a mi me contaron del Incidente de Salamanca:
"La audiencia estaba integrada por notables del Movimiento, incluido un fuerte contingente de la Falange local. En el estrado tomaron asiento Carmen Polo, esposa de Franco, Pía y Deniel, obispo de Salamanca, el general Millán Astray, fundador del Tercio de Extranjeros (que llegó acompañado de sus legionarios), y Miguel de Unamuno, rector de la Universidad. Unamuno, irritado contra los gobernantes de la República, había apoyado al principio el «alzamiento» que debía «salvar la civilización occidental, la civilización cristiana que se ve amenazada», pero no podía pasar por alto la matanza que se había llevado a cabo en la ciudad bajo las órdenes del comandante Doval, aquel que se había hecho famoso como represor en Asturias, ni los asesinatos de sus amigos Casto Prieto, alcalde de Salamanca, Salvador Vila, catedrático de árabe y hebreo de la Universidad de Granada, o García Lorca.En Desde Sanabria: Carta a Unamuno
Los discursos iniciales corrieron a cargo de Vicente Bertrán de Heredia y de José María Pemán. Acto seguido el profesor Francisco Maldonado lanzó una tremenda diatriba contra los nacionalismos catalán y vasco, «cánceres de la nación» que había de curar el implacable bisturí del fascismo. Al fondo de la sala alguien lanzó el grito legionario «¡Viva la muerte!» y el general Millán Astray, que parecía el auténtico espectro de la guerra, manco, tuerto y cubierto de cicatrices, dio los «¡vivas!» de rigor, mientras los falangistas saludaban a la romana hacia el retrato de Franco, que colgaba sobre el sitial de su esposa. El alboroto se desvaneció cuando Unamuno tomó la palabra:
"Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán nacido en Barcelona."
Pía y Deniel se removió a disgusto por la alusión de Unamuno a su lugar de origen, que era casi en sí mismo una implicación de deslealtad a la cruzada nacional. Entre el silencio general, Unamuno prosiguió:
"Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito: «¡Viva la muerte!». Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor."
Llegado Unamuno a este punto, Millán Astray ya no pudo contener su ira por más tiempo. «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!», gritó a pleno pulmón. Falangistas y militares echaron mano a sus pistolas y hasta el escolta del general apuntó su subfusil a la cabeza de Unamuno, lo que no impidió que éste terminara su intervención en tono desafiante:
"Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España."
Hizo una pausa y dejando caer, sin fuerza, los brazos, concluyó en tono resignado: «He dicho». Se dice que la presencia de Carmen Polo le libró de ser asesinado allí mismo, y que cuando Franco se enteró de lo que había ocurrido lamentó que no hubiese sido así. Seguramente los nacionales no asesinaron a Unamuno por la fama internacional del filósofo y por la reacción que había causado ya en el exterior el asesinato de García Lorca. Pero Unamuno, destituido como rector y confinado en su domicilio, murió el día de fin de año consternado y tachado de «rojo» y traidor..."
Antony Beevor. La guerra civil española, 2005




Magnífico artículo. El incidente entre Unamuno y Millán Astray no tiene desperdicio alguno, es soberbio y como se puede ser tan estúpido: "Muera la inteligencia". Saludos cordiales.
ResponderEliminarEste incidente refleja con precisión relojera la España de antaño, y si me apuras, la actual.
ResponderEliminarImpresionante el documento, Xibeliuss.
ResponderEliminarDejando a un lado su faceta literaria, Unamuno siempre fue un inconformista, rebelde, vehemente en la defensa de sus ideales y fiel a sus principios, variables, eso sí, que acabaron desembocando en un completo escepticismo. No considero criticable el "cambiar" o "evolucionar" en posturas políticas, como tampoco creo que sea fácil criticar -constructivamente- desde el prisma actual, posturas y épocas muy diferentes a la nuestra aunque primas-hermanas en su turbulencia.
"Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán nacido en Barcelona".
Me quedo con estas frases de Unamuno y con la sonrisa que me despierta la cara multicolor que imagino del obispo...
Excelente trabajo, amigo.
Un abrazo.
Hay una obra de teatro de Buero Vallejo que me gusta mucho. El protagonista es Velázquez que finalmente se enfrenta a Felipe IV y le dice en la cara que se niega a mentir: "estamos viviendo de silencios o de mentiras, yo he vivido de silencios, pero me niego a mentir" Me he acordado leyendo el principio del discurso de Unamuno. Y como Marisa me estoy partiendo imaginandome la cara de Pia y Deniel, aunque a mí lo que más gracia me ha hecho es la venenosa referencia al discurso de Maldonado..."por llamarlo de algún modo". Todo dicho ya.
ResponderEliminarQuizá el propio Unamuno estaba esperando que lo matasen.
Lo verdaderemante terrible de todo esto es que podía haber ocurrido ahora. No aprenderemos nunca.
Un abrazo
Hola que tal, mi nombre es Vania y soy webmaster al igual que tú! me gusta mucho tu blog y quería pedirte permiso para enlazarte a mis blogs, Así mis usuarios podrán conocer acerca de lo que escribes.
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Vania
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